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Juancho Ibañez:

Mala suerte, y peor para el fútbol...

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Publicado el 14 de Diciiembre de 2011

Tuve un profesor en la Facultad de Derecho de engreído traje y corbata de seda, cara al parecer, que manifestaba abiertamente que el día de la Constitución (6 de diciembre), acostumbraba a abrir una botella de buen vino (supongo que del estilo de la corbata) para celebrar la fecha y, por añadido, todo lo que nuestra Carta Magna representa para nuestro país, España.

Creo que fue una forma de ensalzar el día, y sobre todo el significado de aquel texto, cúspide de nuestro ordenamiento normativo. En definitiva, buscaba que jóvenes juristas del futuro aprendieran a apreciar nuestra Constitución Española y entender, la transcendencia del texto.

Hoy, días después del día de la Constitución, recuerdo esa anécdota mezclada con el pasado fin de semana, apasionante en lo que al deporte español se refiere. Nadal y los suyos lo han vuelto a conseguir, y de nuevo han preparado, gracias a los condimentos adecuados, ese plato que tanto nos gusta y tan bien nos sienta, en vajilla de lujo, nuestra quinta ensaladera.

Desde luego, parece que siempre ha sido así, pero ni mucho menos. El espectáculo del partido entre Rafa y Del Potro, mereció el sacrificio de una siesta de domingo. Vendrán otras…

Y entre tanta épica y valía, nos dejó el doctor Sócrates. Los más noveles en esto del balón no sabrán quién es el personaje de turno, pero desde luego, merece la pena escribir unas líneas en su honor.

Cuerpo de Gasol, pelo y cara del Che Guevara, todo ello aliñado con “el duende” de los magos del balón. Alto, fino, delicado, el 8 por excelencia, centrocampista total llegador y exquisito, capitán de la selección brasileña del Mundial España 82, máxima expresión del fútbol espectáculo. Todo un personaje...

Una vida de excesos con el alcohol y el tabaco ha generado una partida temprana a la edad de 57 años. Pero el tipo era alguien más relevante que un fino futbolista de fama mundial, era un idealista, un luchador, alguien con unos valores muy claros.

Más allá de sus galopadas de genio, sus goles de crack o sus taconazos de mago, Sócrates era, tal y como el se definía, un demócrata.

Instauró la autogestión de los jugadores del Corinthians en plena dictadura brasileña, cuando el club estaba cerca de la quiebra y la desaparición. Generó ilusión y creó esperanzas de que en un futuro, quizá, la gente de a pie podría disfrutar de derechos fundamentales tales como votar en una elecciones generales.

Politizó el deporte gracias al poder conferido por el pueblo, con la legitimidad que hoy buscan nuestros representantes políticos y que, dudo mucho que encuentren en fechas venideras, con el único objetivo de lograr el bien común.

Y consiguió resultados positivos, tanto en lo deportivo como en la propia gestión de club. La “Democracia Corinthiana” la llamaron, desde luego todo un ejemplo de compañerismo y compromiso.

Servidor se encontró con el Doctor allá por los años noventa, con apenas 6 o 7 años y gracias a una cinta de video VHS que una revista de tirada nacional, entonces leída por mi padre, regalaba con la venta de uno de sus ejemplares: La historia de los mundiales años 1970-1990.

Siempre que podía, y una vez realizadas la tareas del cole, me sentaba atontado a ver cómo Pelé ganaba el Mundial del 70, como Cruyff y los suyos revolucionaban el fútbol para que los alemanes se comieran “la tostada” en el año 1974; las cabalgadas de Don Mario Kempes hacia la copa tan preciada en el 78; Naranjito, la capacidad goleadora de un italiano llamado Rossi y la deslumbrante calidad de Sócrates en el 82; la mano de Dios y Maradona junto con el despertar del Buitre en el 86; y cómo no, el triunfo alemán y la decepción española ante Yugoslavia en Italia 90.

Te quedabas siempre con el que ganaba, pero Sócrates me llamó la atención. La pinta de revolucionario, su altura, su 37 de pie y su fútbol, aún perduran en la memoria del que suscribe, y cómo no, en la vieja cinta ya rayada que aún deambula por los armarios de mi casa.

Doctor de profesión, y apasionado de la cultura y de las artes, Sócrates concebía el deporte como espectáculo y como tal lo vivió. Quizá una vida algo más ordenada, lo hubiera llevado a cotas más altas, pero en todo caso, la sensación es de que disfrutó sobremanera.

No sólo ha dejado grandes imágenes en forma de acciones técnicas, si no que son numerosas las frases que quedan en su legado. Preguntado a pie de campo, en el viejo Sarriá, sobre la derrota frente a Italia (que luego saldría campeona) en los octavos de final del Mundial 82, Sócrates manifestó: “Mala suerte y peor para el fútbol”.

Desde luego es una frase que nos debería hacer reflexionar a todos lo formadores del sala aragonés y a todos los que trabajan con los ya formados, porque si bien a este juego gana el que más goles mete, quizá usar otro tipo de criterios, puede ser más productivo para nuestra evolución y para nuestros chicos.

Y esto no lo digo porque nuestro equipo se encuentre a seis puntos de la cabeza de la liga, que dicho esto, me parece una distancia que se puede recorrer y que ni mucho menos me preocupa (creo firmemente en nuestra apuesta), no, si no que lo digo por las propuestas de juego de los equipos juveniles de nuestra competición. Ganar es importante, pero más lo es aprender y disfrutar.

El mismo día 6 de diciembre, día de la Constitución, unos pequeños hombrecillos del Barcelona (todos sus canteranos) reportaron 800.000 euros a su club en forma de victoria en Champions, supongo que en agradecimiento a la confianza mostrada en ellos cuando sólo tenían seis años. En el fútbol sala es impensable que suceda lo mismo, pero invertir en chicos es apuesta de futuro y sobre todo, de garantía. Al final el que te quiere es el de casa, y lo que hoy parece caro, mañana puede ser signo de continuidad.

En homenaje al Doctor, reproduciré una gran frase suya que no necesita explicación, "No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden". Y si nos olvidan, “mala suerte y peor para el sala…”



Juancho



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